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Una partida atípica en contra el Black Friday

Una partida atípica en contra el Black Friday

Las luces se encienden el mismo día que la campaña navideña y el consumo se activan. Coincidiendo siempre con el último viernes de noviembre, el Black Friday inaugura un mes de compras que antecede las festividades navideñas.

Los descuentos desproporcionados y las ofertas “únicas” a todo tipo de tiendas y comercios, ya sea para descontar los 30 céntimos del café o para ofrecerte un 2×1 en gafas de sol, cautivan la ciudadanía y aquel pensamiento de “quizás no lo necesito, pero está de oferta” crece en nosotros a medida que pasa el día, la semana y el mes.

Nacido en los Estados Unidos durante los años 60 y tradicionalmente celebrado el día posterior al jueves de Acción de Gracias, el nombre que lo bautiza como ‘viernes negro’ ilustra el humo negro de contaminación que se generaba aquel día a causa de la cantidad de desplazamientos que hacía la gente para ir a comprar.

Los augurios de esta comparativa no pueden ser buenos: el mismo nombre que designa la fecha hace referencia a un escenario perjudicial para el medio ambiente, en el que el impulso consumista pasa por delante de cualquier otra prioridad y repercute negativamente sobre el planeta. 8 años después de la llegada del Black Friday en España, las grandes superficies lo han convertido en una fiesta nacional.

Los descuentos cada vez más agresivos aventajan a los grandes magnates de la moda y la electrónica, principalmente, dejando a los comercios locales fuera de combate y todavía un poco más cerca de su desaparición. Neus Soler, profesora adjunta de Economía y Empresa en la UOC, explica que “el pequeño comercio no tiene un poder tan grande de compra a su proveedor, con lo cual se les hace imposible sobrevivir a base de ofertas constantes. El Black Friday los ha acabado de matar”.

El contexto de pandemia actual complica aún más la situación y provoca que muchos de los comercios que hasta ahora todavía resistían, se sumen al carro de las ofertas con el único objetivo de evitar el cierre permanente.

Susana Cuadras, responsable del área de Comunicación en Barcelona Comerç, sentencia la dura realidad: “en este tipo de campañas de alta concentración, el comercio de proximidad nos lo jugamos todo a una carta…”.

El comercio local, procurando sobrevivir

Plenamente afectados por las restricciones instauradas a causa de la Covid-19, el comercio de proximidad se adapta como puede a una fecha que les juega en contra.

Tal como destaca Soler, es prácticamente una herramienta de supervivencia para el pequeño comercio celebrar el Black Friday: “si todo el mundo hace descuentos, no se pueden quedar atrás porque el consumidor continuará yendo a las grandes superficies y ellos quedarán doblemente perjudicados”.

La presión que ejercen las grandes cadenas obliga al comercio local a sumarse a la fecha, lo cual no se traduce en una mejoría para el negocio, sino más bien al contrario: “la mayoría de las ventas que se hacen en el marco del Black Friday (que ha pasado de celebrarse solo un día a ocupar una semana, como mínimo), son ventas que se dejan de hacer en días anteriores y posteriores, muchas vinculadas con la campaña de Navidad”, detalla Susana Cuadras. Desde la Xarxa d’Economía Solidaria (XES), Anna Fernandez destaca que hay que diferenciar entre la especulación y el precio real de las cosas.

“Las empresas que apuestan por una filosofía responsable, aplican precios reales en base a los costes de producción que tienen”, lo cual implica que los descuentos que fijan en sus productos no suponen un empeoramiento de las condiciones laborales de sus trabajadores ni tampoco provocan la generación de residuos extra.

Sin embargo, Fernandez confía en que en un futuro próximo se replanteen los patrones de consumo de la ciudadanía y se deje de atentar en contra la lógica responsable y consciente de mucha gente.

Joana Ariet, responsable de comunicación d’Opcions, se suma a las consideraciones de Anna Fernandez y constata que “consumir es una solución trampa porque es lo que nos dicen las grandes corporaciones que debemos hacer”.

Unos descuentos engañosos

Las grandes superfícies son las mayores beneficiadas del ‘viernes negro’, pues tienen a su alcance todas las herramientas para conseguir que esta “fiesta” sea un éxito para su modelo de negocio. Los descuentos desproporcionados que aplican con total impunidad han sido estudiados este año por la Organización de Consumidores (OCU).

La iniciativa ha monitorizado los precios y las variaciones de hasta 25.000 productos de diferentes marcas en un periodo de análisis que se iniciaba las semanas anteriores al Black Friday.

Han podido constatar un aumento progresivo de los precios en fechas previas al ‘viernes negro’, así como el fraude que se produce en muchas ocasiones: solo un 37% de los productos tienen una rebaja real, con lo que se produce un 2,37% más de aumento en los precios que no de reducción, evidenciando así la dificultad para encontrar descuentos veraces en esta fecha.

Consumidor en pandemia y comercio online

En plena desescalada de la segunda ola, la presencialidad a la hora de comprar se convierte en la opción más arriesgada y, en consecuencia, los patrones de consumo de la ciudadanía se ven directamente afectados.

Tanto Neus Soler (docente adjunta de Economía y Empresa en la UOC) como Anna Fernandez (miembro de la XES) aseguran que el comercio online se llevará todo el pastel en esta edición del Black Friday:

“la movilidad reducida obliga que un 65% de las compras del Black Friday se acaben haciendo online, perjudicando así a aquellos comercios que no posean este método de venta”, asegura Fernandez.

El consumo será una imitación exacta del funcionamiento de las relaciones sociales: mínima interacción física y reducción de los desplazamientos de un lugar a otro. Sin embargo, Neus Soler remarca que el Coronavirus no reprimirá el espíritu navideño ni el consumismo que lo acompaña: “la gente tiene ganas de compartir espacios familiares y celebrar las Navidades a pesar de que las medidas lo dificulten; puede ser una manera de olvidarnos del Coronavirus”.

Destaca que la gente no gastará compulsivamente, pero que tampoco cerraran el grifo y que se aprovecharan los descuentos para dejar resuelta buena parte de las compras navideñas. El estudio que Google ha publicado este 2020 (Fuente: Google Consumer Survey Data), también sostiene esta estrategia y constata que el Black Friday “se percibe como una oportunidad en caso de que en Navidad la situación no se hubiese normalizado y aparezcan dificultades de cara a esas compras”.

Precisamente este funcionamiento social es lo que lamenta Anna Fernandez: “desgraciadamente, habrá mucha gente que consumirá este viernes, porque vivimos en una sociedad donde se nos ha enseñado que consumir es beneficioso para nosotros”.

El planeta también paga las consecuencias del Black Friday

El consumismo salvaje que acompaña el Black Friday tiene un impacto evidente sobre el planeta. En estos períodos de rebajas, la compra impulsiva se traduce en la adquisición de objetos y gadgets que no necesitamos, con lo cual aumentan las posibilidades de que aquello acabe desechado o devuelto a la tienda.

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Los efectos medioambientales causados por el ‘viernes negro’ no son palpables inicialmente, por eso parece que no se produzcan, pero estos se traducen en resultados muy peligrosos a finales de año.

El estudio de Google apunta que lo más adquirido durante este periodo de descuentos son prendas de vestir y tecnología: de la primera, España sólo recicla entre un 5 y un 8%, mientras que un 90% de los residuos textiles acaban en vertederos, de la segunda, el país se sitúa quinto en la lista de países que más residuos electrónicos generan, hasta 930.000 toneladas el 2016.

A todo esto, se le suman la cantidad de desplazamientos que el Black Friday provoca, en el que camiones y furgonetas reparten sin descanso la cantidad de encargos que el cliente ha comprado online.

Joana Ariet, miembro d’Opcions, remarca una contradicción urbanística: “no podemos aspirar a una ciudad con el mínimo número de coches si después tenemos furgonetas y camiones continuamente circulando por la ciudad haciendo envíos sin parar”.

Unos envíos que, muchas veces, no se pueden entregar correctamente e implican un retorno de la mercancía a su punto de partida junto a otro trayecto de furgoneta.

En definitiva, Ariet constata que la digitalización de los comercios no favorece nada a un consumo más sostenible y provoca que los ejes comerciales en los que se genera tejido asociativo y mucha vida de comunidad, acaben desapareciendo.

Entidades y asociaciones se han organizado a lo largo de estos últimos años para presentar alternativas al consumo de masas durante el Black Friday.

Iniciativas como el “Pam a Pam” ponen a disposición de la ciudadanía un directorio interactivo que permite encontrar comercios de alimentación, ropa y otros servicios que practican valores como la responsabilidad ambiental y la economía circular.

En el caso de RetailCat (Barcelona Comerç), proponen el Dia del Comerç Local, una fecha que no plantea grandes descuentos porque lo que pretende es “poner en valor el papel vertebrador del comercio en los barrios y ciudades, por su contribución en la economía y por su generación de puestos de trabajo”, explica Susana Cuadras.

Todas estas propuestas, pero, van acompañadas de una demanda muy clara: un cambio real en el planteamiento del consumo, tanto por parte de la ciudadanía como también de la administración.

“La solución pasa porque como consumidoras nos planteemos el tipo de consumo que hacemos y a nivel empresarial y de administración pública se cuestione también si el modelo que se está generando es el que necesitamos como sociedad y como planeta” constata Joana Ariet.

Rediseñar el modelo de vida y de consumo es una demanda que entidades, asociaciones y comercios llevan años reclamando y que, según apunta Anna Fernandez, implica

“Una reflexión colectiva que nos tiene que ayudar a modificar la acción individual y evitar así que la acumulación de riqueza quede solo en pocas manos”.

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